El adulto no tiene nada del niño deseante, porque ese niño fue “aniquilado”. Por eso hay una ruptura entre el niño y el adulto. Entonces lo que lleva dentro es uno niño maltratado.
Por lo tanto existe relación pero no hay “vínculo” o si lo hay es muy escaso.
El adulto fue niño, podría frente a un/a niño sentirse como el/ella, tener empatía, lleva un/a niño dentro, pero este fue reprimido y anulado. Por eso se le exige al niño que sea adulto lo antes posible, “que mayorcito eres”, “que independiente”, “que auto-suficiente”, que “adulto-suficiente”.
En lugar de decir lo haces por tus propios medios o que hábil eres, se suele decir “solito haces las cosas”, ”solito vas al bater”, “solito te vistes”, “sotito te subes al columpio”, se puede deducir que la intención oculta del adulto (aunque sea inconsciente) es “apártate de mi”, “solito quiero que te quedes”.
Si reflexionamos nos daríamos cuenta que la realidad no corresponde con lo que se dice “solito te subes al columpio”. Sin embargo cuando se le dice esta frase, el niño está acompañado. El lenguaje siempre tiene una intencionalidad cultural, que estemos tan acostumbrados a la violencia y por ello no nos demos cuenta, es otra cuestión.
Si el lenguaje fuera el de una cultura de apoyo mutuo, en lugar de marcar la autosuficiencia y la soledad -“solito”-, acentuaría la compañía, diríamos “acompañadito”. “Lo haces porque yo estoy aquí y te sientes seguro”, “yo te quiero estoy contigo”. “Tendrás mucha seguridad y alta estima, porque sabes que eres amado, que queremos estar contigo, nadie te está obligando al desapego afectivo”.
La criatura que está presionada a independizarse rápido, vive una profunda angustia cuando tiene que enfrentarse a una dificultad, a algo nuevo y no puede pedir ayuda, porque se la niegan. Siente soledad y angustia, “sino lo logro es porque soy tonto”. Muchas veces no lo logra, cuando el problema supera sus capacidades y vive esto como una tortura psicológica. En consecuencia Internaliza “no soy capaz, pero tengo que esforzarme en demostrar que si lo soy”.
Los adultos tenemos una gran incapacidad para disfrutar, de realizar los deseos de nuestras criaturas. Entonces usamos escusas como “tienes que aprender a valerte por ti mismo”.
La criatura sufre, porque el adulto le exige que sea algo que no es (independiente) y se siente mal consigo misma. Todo lo que hace lo hace con la búsqueda del reconocimiento del adulto, con esta fantasía “bueno ahora que soy AUTONOMo, como dice y quiere mi madre/padre, porque le he demostrado que hice esto SOLITo, me querrá más y ahora si estará conmigo, JUGARÁ CONMIGO”. Esto es una fantasía porque nunca se cumplirá, dado que el adulto no busca en realidad la autosuficiencia/independencia de su hijo, sino más bien deshacerse de los deseos de él/ella o sea de su personalidad.
Cuando no existe para la criatura esta presión para que se independice, sale de ella el deseo de hacer las cosas por sus propios medios. La criatura tiene la confianza de que logrará lo que se propone, pero si no lo logra no hay martirio psicológico porque no tiene presión, EXIGENCIA de sus padres, no tiene que demostrarles que es AUTOSUFICIENTE.
El adulto podría entender, y hasta disfrutar de la compañía de la criatura. Pero no es así, le molesta la energía del niño lleno de vida, “que mayorcito eres”, esconde el mensaje “muérete niño”, “compórtate según las reglas del mundo adulto”.
El adulto desprecia y desvaloriza el mundo del niño, se imagina que la criatura le hace daño con sus acciones, en lugar de analizar las heridas que les causaron sus padres, repiten la represión y hacen sufrir al niño antes de revivir el propio dolor.
Si el adulto permite a la criatura realizar su deseo, estaría reconociendo que existe ese deseo y también que ha existido el suyo. Como ha tenido que hacer un doloroso esfuerzo psíquico para olvidarlo, no quiere ver ese deseo primario, por lo tanto tiene que reprimirlo en la criatura. Será un sufrimiento darse cuenta, de que en lugar de haber sido amado fue dañado.
Cuando somos niños deseamos el afecto de nuestros padres, es imprescindible para el buen desarrollo psicológico. Si nos suministran violencia, la tenemos que negar porque necesitamos sentirnos amados, no podemos darnos cuenta del daño que nos causan, no lo soportaríamos. Y por ello se nos hace imposible recordar algunas etapas de nuestra infancia, solo tenemos trozos de memoria, como mecanismo de defensa olvidamos la violencia padecida, porque para sobrevivir necesitamos sentirnos queridos.
“... LLOYD DE MAUSE en : The neurobiology of Childhood and History, y War as righteous Rape and Purification
(citado en 'El llanto infantil y el cerebro' www.dormirsinllorar.com y www.psychohistory.org) ha escrito sobre los hallazgos de la neurobiología, según los cuales los traumas provocados por el desamparo pueden dañar severamente el hipocampo, matando neuronas y causando lesiones; y que este daño está causado por la liberación de una cascada de cortisol, adrenalina y otras hormonas segregadas durante el periodo traumático, que no sólo dañan a las células cerebrales sino también la memoria y ponen en marcha una desregulación duradera de la bioquímica cerebral.
Además, la abundancia de repetidas oleadas de estas sustancias químicas y hormonas en el cerebro es la causa de la reducción de la producción normal de serotonina, siendo, según este autor, un nivel bajo de serotonina el indicador más importante de violencia, relacionada con tasas altas de homicidios, suicidios, piromanías, desórdenes antisociales, automutilaciones y otros desórdenes agresivos.
Y también que se ha demostrado que la falta de cuidados maternales tempranos es la causa de que la región que... permite al individuo reflexionar sobre sus propias emociones y empatizar con los sentimientos de otros individuos sea diminuta, desembocando en una pobre autoestima y en una tan baja capacidad para empatizar, que el bebé crece literalmente incapaz de sentirse culpable por lastimar a los demás...”
Los adultos ya estamos lo suficientemente afectados, sin la autoestima necesaria como para cuestionar la “educación” que nos han dado nuestros padres. Y mucho menos si tenemos en contra toda una sociedad, que también nos condena y nos reprime si nos saltamos ciertas “vallas” (“a pesar de todo son mis padres, debo amarlos, todo lo hicieron pensando en mi propio bien”).
Alice Miller señala que, culturalmente, todos los mecanismos sociales están dispuestos para exculpar a los adultos que maltratan y culpar a los niños. Se justifica el maltrato acusando a la criatura, “es porque ella se ha comportado mal”.
Miller escribe:
"Para poder revivir los sentimientos de la infancia, necesitamos el apoyo de un iniciado, y no del odio reconcentrado y aún inconsciente de los antiguos niños maltratados, que, ya adultos, se identifican plenamente con los culpables.
(...) El adulto conserva en su memoria las humillaciones sufridas bajo el disfraz de medidas necesarias para su bien, y se aferra a toda costa a la idea de que aquellos padres torturadores lo amaban.
(...) El adulto que fue un niño maltratado hace enmudecer los sentimientos que estarían justificados, es decir, los dirigidos contra los causantes de su dolor, pero los deja aflorar contra sus propios hijos. Es como si esas personas se pasasen decenas de años atrapados en una trampa de la que no hay salida posible, porque nuestra sociedad prohíbe la ira que se dirige contra los propios padres.
Pero con el nacimiento de los hijos se abre una portezuela: por fin puede descargarse sin escrúpulos la rabia acumulada durante años; lo triste es que la víctima es un pequeño ser indefenso, al que esas personas se ven forzadas a atormentar, a menudo sin darse cuenta de ello, porque una fuerza desconocida les impulsa a tales actos."