¿Por qué voy a considerar al otro si yo tengo el poder? Si tengo el poder lo aplasto. Ese es el modelo socialmente aprendido y es lo que hacemos con los niños transgeneracionalmente.
Como fundamentan con excelencia y profundidad de análisis admirable, Casilda Rodrigañez y Ana Cachafeiro (cada vez que leemos estos párrafos sentimos que se nos devuelve algo de nuestro ser enajenado):
“... Hemos dicho también que las personas adultas no sabemos lo que las criaturas desean ni sabemos que sus deseos se pueden saciar. Somos insensibles a los deseos de las criaturas y somos insensibles a los sufrimientos que su frustración les produce. ¡Cómo no vamos a ser insensibles a sus sufrimientos si se los infligimos nosotras; si el Poder en el que nos constituimos se nutre de su sufrimiento! Si no tuviéramos Poder, si no estuviéramos constituidos y constituidas como Autoridad sobre la criatura, no podríamos reprimirla, sólo abandonarnos y responder a sus deseos, mimarla y saciarla.
Pero no se trata únicamente de que nuestra Autoridad se "nutre" con su sufrimiento. No es sólo que el Poder se mantiene y se alimenta con el sufrimiento de los explotados, o del cuerpo manipulado de las mujeres, etc. etc. Es que el sufrimiento de las criaturas se metaboliza en Poder, engendrándolo y constituyéndolo de tal manera, que se puede afirmar que todo Poder debe su existencia al sufrimiento de las criaturas humanas. Es decir, el Poder es el sufrimiento de las criaturas... En términos de jerarquía, como decía Amparo Moreno, para que haya alguien 'superior' tiene que haber alguien 'inferior'. Sólo declarándome yo inferior tú puedes ser superior; sólo mí sufrimiento hace tu Poder. El Poder no es una entidad estática, ni abstracta, ni ideal; aunque eso sí, puede ser invisible. El Poder es lo que reprime, lo que somete, lo que humilla, lo que explota la vida humana.
El Poder necesita de la vida para alimentarse, por eso mata poco a poco, va succionando la vida hasta que acaba con ella. Cada vez que en este Valle de Lágrimas nace una criatura humana, los vampiros afilan sus colmillos y los buitres despliegan sus alas.
Ningún tipo de Autoridad, ningún tipo de Padre o de Estado, ningún Patrimonio o Capital se puede constituir y conservar sin el sufrimiento de las criaturas humanas. En conclusión, si el Capital es el trabajo enajenado, el Poder es el sufrimiento de las criaturas....”
Históricamente a los niños no se los consideraba personas, actualmente sigue habiendo la misma dificultad en nuestra cultura.
La relación adulto-niño es autoritaria, es la afirmación de nuestro ego, aplastando la personalidad de la criatura en el abuso de poder.
Los niños no tienen poder de decisión, siempre el adulto decide por ellos, hasta legalmente es así, las criaturas no decide casi nada. Si sus padres no las tratan como una persona, que si tiene sus propios deseos, no le queda otra que someterse.
Las criaturas no tienen poder económico alguno. Si en nuestra sociedad vales por lo que tienes o lo que produces económicamente, un/a niño no vale nada, socialmente es alguien insignificante. Si no se tienen en cuenta sus deseos personales, que desea como un ser aparte, es una posesión de sus padres, es “algo” que los padres adquirieron.
El adulto es el dueño de todo (incluso de la criatura). “Mientras vivas bajo mi techo, harás lo que yo te ordene”, “lo debes hacer así, porque yo te lo ordeno, porque yo soy tu padre”.
A menudo los hijos “se tienen” como un bien de consumo, porque llega una edad en la que “hay que tenerlos”, porque si no “se pasa la hora”, porque los padres y suegros presionan, etc.
Entonces “se tienen”, no hay nada que lo explique mejor que la palabra misma que se utiliza “se tienen”, y por lo tanto tienen “el derecho” a utilizarlos para su propia satisfacción, sin tener en cuenta la del niño. Se tienen con la fantasía de que solo demandarán “lo justo”, para adaptarse rápidamente a la vida del adulto, o con la certeza de que se sabrá educarlo (reprimirlo), “conmigo irá por el camino recto”.
Pero lo lamentable es que se entiende el “tener” como posesión, cuando debería ser como “tengo una persona dentro de mi espacio afectivo”, que ocupa un lugar dentro de mi espacio afectivo, te llevo en el corazón, en el alma, en las entrañas. Con los hijos se pasa muy fácilmente del terreno del afecto a la posesión.
¿Como nos relacionamos entonces con nuestros hijos? Decidimos forzarlos con nuestro autoritarismo, para que se formen según la idea que nosotros tenemos de lo que deberían ser, o bien decidimos relacionarnos con ellos, con actitud de análisis crítico sobre nuestra historia personal y social, teniendo la seguridad de que el deseo de ellos es un tesoro para nosotros. Son la luz para encontrar nuestro propio deseo reprimido.
En como llevemos la relación se pone en juego nuestra felicidad y la de nuestros hijos, es LA OPORTUNIDAD que nos da la vida para recuperar algo de nuestro yo.
Entonces si el adulto disfruta cuando la criatura manifiesta su deseo, podrá conocerla y amarla como es, de lo contrario está creando un ser carente y por lo tanto lleno de sufrimiento. El adulto puede recuperar parte de su yo o puede reforzar su bloqueo afectivo.