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 Indice

  - Portada

  - Introducción

  - Prologo

  - Marco Teórico

  - Deseo y Represión

  - El deseo de la criatura cumple la función de indicarnos las distintas formas de darle afecto

  - Huellas de la violencia

  - Los Adultos Tenemos Nuestros Deseos Originales Reprimidos

  - El problema de la “autoridad” y nuestros propios miedos

  - El juego y su importancia en la relación con los hijos

  - ¿Por qué la mayoría de los adultos no juegan, ni pueden disfrutar del juego con sus hijos?

  - El juego con los niños históricamente no ha sido apreciado.

  - La herencia de la desvalorización del juego infantil

  - Adultos que disfrutan jugando con los niños

  - Pedagogía de la no intervención, más pedagogía negra

  - Consecuencias de nuestra cultura patriarcal adultocéntrica

  - Valor social del niño

  - El lenguaje de la negación del deseo los niños

  - Decir NO, hasta para que se entienda lo que SI queremos

  - Decir lo que Sí queremos, en lugar de la prohibición

  - Las criaturas criadas con afecto ¿no se saben defender?

  - Bibliografía

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 Anexos

  - Sobre Luca Prodán

  - ¿La TV es mala para el niño, o los padres tendrían que preguntarse porque el niño prefiere a la TV y no a las relaciones humanas?

  - el valor de los grupos de apoyo - taller. 18-07-2010

  - Tener voluntad hacia lo positivo es una cuestión afectiva, surge del amor de las relaciones humanas que nos impulsa a estar apasionados por la vida.

  - Niñez, La Biblia y sufrimiento humano

Enlaces
  - Proyecto Hijo Natural - The Natural Child Project

  - Alice Miller

  - Casilda Rodrigañez Bustos

  - Música de Ojos de Cielo. Víctor Heredia



El juego y su importancia en la relación con los hijos

Los deseos de las criaturas, nos indica cual es el modo de comunicarnos con ellas. Por ejemplo, una de las mayores actividades que tienen y que más desean es jugar. A través del juego se desarrolla gran parte de su existencia, aman, se expresan, se comunican y aprenden, el juego es “su lenguaje”.

Los adultos ante esta realidad tienen dos alternativas:

  1. Comunicarse, poniendo atención al método de expresión que la criatura utiliza, y así entrar en su ser, amarla y comprenderla.

  2. Imponerle el método de comunicación, ignorando su realidad.


Si optamos por el caso 1) entraremos en el mundo lúdico de los niños jugando con ellos todo el tiempo que lo demanden (como cualquier otra cosa que demanden). Así podremos disfrutar de su compañía, de su modo de ser, el juego es el canal conductor del amor.

Si en cambio nos empeñamos en la opción 2) porque nosotros tenemos el poder, tendremos que reprimir el deseo de la/el niño, aplastando su personalidad. Sobran los ejemplos en la vida cotidiana, donde solo se escucha reñir día y noche a los padres, como canta Serrat: “esto no se dice, esto no se hace, esto no se toca”. “No te das cuenta que estoy hablando yo, cállate”, etc.

La opción 2) es la excusa “perfecta” para ejercer la violencia. Por ejemplo es afirmar (con ningún fundamento realmente válido) que el niño comprende todo el mundo adulto y que malintencionadamente nos lleva la contraria.

El niño no nace con la comprensión del lenguaje adulto. Además la criatura tiene deseos propios y no sabe porque se tiene que someter y abandonar todos sus deseos.

¿Por qué? ¿Por qué el adulto es más grande? ¿Por qué tiene más fuerza? ¿Por qué pega? ¿Por qué grita más fuerte?

O lo peor, la criatura debe abandonar sus deseos ¿por qué sino el adulto se enfada y el niño siente que pierde su afecto? Lo más común y lo más destructivo es la manipulación afectiva. Es lo que permite y perpetúa todo un sistema mundial de violencia. Los niños desean, necesitan el afecto y se someten a cualquier cosa para obtenerlo.

Todo esto con el aditivo de que la criatura viene al mundo, esperando otra cosa de sus padres. Cree que sus deseos serán satisfechos, porque su vida venía desarrollándose de esta manera dentro del útero de su madre, no espera esta perversidad, que le impongan que sus deseos están mal. O sea que su manara de SER en este mundo está mal, que “vino fallado de fabrica”.

En realidad sus deseos, son indicadores de lo que precisa para su bienestar. Es inconcebible para la criatura, que los seres que deben quererla estén contra ella.

Desde el adulto-centrismo se afirma que las criaturas demandan en exceso, como si las criaturas estuvieran equivocadas en lo que esperan. En lugar de señalar que es el adulto el que tiene grandes desordenes afectivos, que no quiere reconocer, ni cuestionarlos, ni cambiar. Por ello se pone el acento en que las criaturas necesitan límites, en vez de afirmar que somos los adultos los que estamos perturbados afectivamente, y por ello no somos capaces de responder a sus deseos y les destruimos la personalidad.

Mi hijo quiere estar conmigo y yo estoy ocupado, ¿que pretende que esté todo el día con él?”. El adulto culpabiliza al niño que desea algo justo, para no reconocer, ni indagar en lo injusto, ni en sus propias heridas. El que tiene que cambiar es el/la niño, ya que ni el adulto, ni el mundo cambiarán, es la criatura por lo tanto la que está siempre equivocada, la que tiene que adaptarse y acostumbrarse a carecer, a sufrir.

Es increíble todo lo que hay detrás de no jugar con los niños, todo lo que en el fondo esconde esta perversa manera de relacionarse con ellos.

Es ignorar lisa y llanamente su SER, su modo de ser. Si el juego es su lenguaje. El lenguaje conductor de la afectividad, NO JUGAR ES NO QUERERLES DAR AMOR.

Es ignorar lo que ellos demandan permanentemente, por lo tanto es ignorarlos, tratando de que desaparezcan.

La criatura se preguntaría, si tuviera conciencia de lo que sucede: ¿Cómo se construirá mi personalidad, si mis propios padres me ignoran (ignoran lo que soy, ignoran lo que siento, ignoran lo que deseo, ignoran mi mayor forma de comunicarme, de desarrollarme, de explayarme, de expandir mi yo, de recibir y dar afecto, de conocer y disfrutar la vida)?

“… Al ignorar y frustrar los deseos de la criatura, producimos, digamos que inconscientemente, la carencia, el estado de necesidad; …” 1. Pasamos de ser seres deseantes a necesitados y se nos administra la carencia, para someternos a un determinado poder.

El criterio de muchas pedagogías de moda es que el afecto se regatea, hay que escatimarlo pero no anularlo, “hay que saber administrar las dosis”. Los adultos les satisfacen algunos deseos afectivos a sus hijos, para obtener la sumisión. Es un tira y afloje del afecto para “conducir” a las criaturas, de una manera calculada y fría, según las recetas propinadas por alguna “eminencia pedagógica”, para lograr la perfecta sumisión.

Cuando jugamos con los niño valoramos su persona, sienten que su deseo, tiene un lugar en el espacio afectivo del adulto que lo ama. De lo contrario, el no jugar le produce al niño carencias afectivas, que le generan bronca, irritabilidad, violencia, el adulto no entiende al niño y viceversa.

El adulto además de producir esa carencia afectiva, culpa al niño y reprime sus síntomas y manifestaciones de bronca. La/el niño ni siquiera puede expresar lo que le pasa. Violencia sobre violencia, es la solución que da el adulto.

Los reclamos de los niños hacia la atención del adulto, se los llama despectivamente “berrinches” o “rabietas”, como una especie de burla, en lugar de reclamos.

Incluso hay bibliografía al respecto, que consagra a las rabietas como “normales de una edad” y que “ya se le pasarán”, pero nunca hay que “consentirlas” y mucho menos “escuchar” lo que realmente quieren decirnos

... Nunca diríamos que 'mimar', colmar los deseos, es un 'trabajo'. Pero colmar las necesidades producidas por la carencia y neutralizar la rebeldía que la represión produce, desde luego que lo es. Entonces, no solamente sentimos necesidades y carencias, sino que encima se nos está reprochando permanentemente nuestra existencia que 'da trabajo' a nuestros estresados y atareados padres y adultos («es que das más trabajo que un hijo tonto»). Y, si nuestros padres son ricos, comprarán fuerza de trabajo para que «no nos falte nada», para cubrir nuestras necesidades, aunque nos siga faltando todo lo que más nos importa, «lo que no cesan de desposeernos» ...” 2

Si el ser humano recibe todo el maternaje que demanda, no hay batalla de los deseos entre el adulto y la/el niño. Y los padres sentimos placer de realizar los deseos de nuestros hijos.

En nuestra cultura los padres, utilizamos todo tipo de argumentos de moda para justificarnos y ganar esa batalla del deseo, primero contra el bebé y luego contra la/el niño. Por ejemplo está de moda eso de "no intervenir" en el juego del niño, pero ¿hasta que punto se lo entiende o se lo saca de su contexto para justificar el abandono?

El no intervenir, (por ejemplo, tomando el concepto de Emmi Pickler), se refiere a no interrumpir, respetar el espacio del niño cuando está elaborando algo, cuando vivencia un juego imaginativo, o cuando está en un proceso creativo. Pero cuando la/el niño pide con algún gesto o de alguna manera que participemos, que juguemos con el/ella, no hay ningún motivo justificable para abandonarlo a la soledad, o pretender que el juego solo se de entre niños, queriendo que otros niños sustituyan al adulto. La afectividad de la madre y el padre no la puede reemplazar una criatura. Ellos sobre todo demandan nuestro afecto, que nos entreguemos, con toda nuestra energía vital, nuestro ser, nuestras experiencias vividas. Jugar es un excelente canal de comunicación con ellos.

1La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente, op. cit., pag. 132

2“La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente”, op. cit. , pag. 153



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Ojos de Cielo. El gozo de complacer los deseos de nuestr@s hij@s. por Valentina Nuñez Escurra bajo la licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Compartir bajo la misma licencia 2.5 España License.