En una etapa de la ciencia, se ha utilizado la biología como base principal para explicar las relaciones sociales y psicológicas del ser humano. En la actualidad este paradigma ha sido reemplazado, por no ser el adecuado. Sin embargo desde lo cultural se continua utilizando como justificación, para trasladar la inmadurez biológica de las criaturas a la categoría de inferioridad humana “son cosas de niños, no valen, no cuentan, ignóralas, evítalas, apártate”. Nosotros los adultos estamos en una “etapa superior”, somos “maduros”. “No interrumpas no ves que estamos hablando nosotros los mayores”, “pequeño”, “enano”, “yo soy más grande que tú, así que cállate”.
Otro motivo de la desvalorización se desprende del modo de trabajar y de las relaciones laborales. La sociedad valora a alguien por lo que produce económicamente, por las cosas que “logra hacer”. El valor de la persona está marcado por el adultocentrísmo. Las cosas que hacen los niños no están en el circuito de producción para la acumulación de patrimonio, por lo que son despreciadas socialmente.
Al niño en la formación para la adaptación al sistema se lo va “educando” con la ideología dominante de cumplimiento de logros y objetivos. Según lo que haga se lo premia o se lo castiga, es exitoso o fracasado, vale o no vale, para el adultocentrísmo. El adulto mide a la criatura con su sistema de valores, como consecuencia inmediata el niño vale menos porque no sabe hacer lo que el adulto hace.
Es distinto el valor que nace del deseo que tiene la madre por la existencia del niño en si. La realización de los deseos de un hijo son un placer para la madre y para todos los adultos de su entorno. Cundo los deseos tienen valor, no son ignorados, el ser se expande. Cuando la criatura es valorada porque existe como ser deseante (no por lo que hace para satisfacer al adulto), tiene una profunda libertad para ser, para crecer. La criatura tiene su espacio emocional dentro de su realidad afectiva para marcar su propio camino, escribir su propia historia, vivir su propia vida y no ser un apéndice afectivo de los padres.
Citamos las palabras de Orlando Vilasboas, brasileño indigenista, junto a Sidney Pozuelo (premio Bartolomé de las Casas 1998) presidente de la FUNAI de Brasil, extraído textualmente del documental Amazônia “Ultima Llamada”, presentado y dirigido por Luis Miguel Dominguez. Aquí Orlando Vilasboas se refiere a su trabajo de a sus 40 y pico de años de contacto con los indígenas amazónicos.
“... Nuestra vida ha sido una huida de nuestras mentes. La selva tiene su belleza, conquistarla es bello. Un indio es diferente a lo que yo pensaba entonces. La sociedad brasileña tenía la impresión de que el indio era un bicho que andaba por la selva matando a las personas. Nosotros encontramos una sociedad estable, tranquila. Una sociedad donde nadie manda a nadie, donde el viejo es el dueño de la historia, el indio es el dueño de la aldea y el niño el dueño del mundo. En cuarenta y tantos años nunca vi una madre pegar a sus hijos, ni a un padre regañar a sus hijos, ni a unos padres decirles “no” a los hijos, el niño es libre. En nuestra sociedad no tenemos la menor semejanza con la indígena hacia el tratamiento de la criatura, como los indios tienen entre ellos. Nunca vi a un indio pelear con otro, nunca vi a un indio discutir con otro, nunca vi a un marido pelear con su mujer, nada de esto ocurre. Son normas de una sociedad altamente tranquila y la nuestra es una sociedad totalmente infeliz...”.
En este tipo de culturas los deseos de los niños no son un problema, sino todo lo contrario son una fuente de alegría y placer inagotable. De estas culturas aprendemos que todas los argumentos de las pedagogías vigentes para reprimir, “disciplinar” o “educar” son absolutamente injustificados. No solamente son innecesarios para el crecimiento y desarrollo de la “cría” humana, sino que son perjudiciales. Es más son la base social para la reproducción de la violencia, en nuestro mundo occidental adultocéntrico.
Pero claro los libros de PROHIBICIÓN, de COMO DECIR NO, de COMO PONER LÍMITES, etc, encajan perfectamente en nuestras sociedades enfermas, se venden más. Y los padres y madres contentos por reprimir con la justificación de un libro. Por supuesto estos libros se comercializan como científicos aunque sus fundamentos sean insostenibles.
Los mecanismos de defensa psicológicos que la persona se crea, para protegerse del dolor que le ha generado la opresión del deseo, porque tiene miedo a volver a vivir ese dolor, van estructurando su percepción y expresión. Una de las muchas formas de expresión que se estructura es el lenguaje (otras pueden ser por ejemplo: la expresión corporal -bloqueos para danzar, para jugar-, composición musical, teatral, etc.). Todas estas estructuraciones se imponen luego a las criaturas a cargo.